ARQUITECTURA DEL PODER
- 31 mar
- 4 Min. de lectura

Por Libya M. Carrillo Romero.
EL SISTEMA NECESITABA TRABAJADORAS, LAS MUJERES EXIGIERON CIUDADANÍA
Entre la lógica económica y la conquista política, la igualdad se abrió paso.
Ayer, un amigo querido comentaba un TikTok dentro de un grupo de antiguos compañeros. Decía que desconocer la teoría según la cual el movimiento feminista habría sido financiado para incorporar a las mujeres en el mercado laboral.
Me pareció un punto de partida revelador.
No por la certeza de la afirmación, sino por la pregunta que contiene: cuando hablamos de feminismo, no solo discutimos derechos; discutimos estructuras.
Discutimos quién diseñó las reglas del poder y con qué propósito.
Pienso que es un buen tema para Arquitectura del Poder y cerrar así el mes de la mujer.
Además, debo confesar que, revisando mis libretas, encontré miles de anotaciones dispersas —lecturas, conversaciones, intuiciones— que vuelven siempre al mismo punto: la libertad nunca ha sido una concesión simple; siempre ha estado atravesada por intereses, tensiones y conquistas. Avances y retrocesos, personales y colectivos.
Entre quienes sostienen que el feminismo respondió a necesidades del sistema económico y quienes afirman que fue una irrupción autónoma de las mujeres, la discusión sigue abierta. Pero lo verdaderamente interesante no es elegir un bando, sino entender cómo ambas dimensiones conviven en la construcción de la política.
Hay momentos en que la política se vuelve íntima. Y con ello no debe entenderse que se vuelve suave, sino que toca fibras que no se discuten en tribunas, sino en la memoria.
Pienso en la Revolución Francesa, ese punto de partida de la modernidad política, con su promesa de libertad, igualdad y fraternidad. Promesa que, en realidad, nació incompleta.
Recuerdo una frase que repetía Fabre del Rivero —uno de los mejores profesores que tuvimos en la carrera de Ciencias Políticas—: “lo que no dijeron es que unos eran más iguales que otros”.
Y en esa omisión estaba todo.
La arquitectura política de la ciudadanía se diseñó con muros invisibles.
El sufragio “universal” era masculino.
La representación tenía género.
La libertad tenía destinatarios.
Pero la política no solo se diseña desde arriba; también se presiona desde abajo. Y en este caso las mujeres fueron quienes detonaron esa contradicción.
En octubre de 1789, las mujeres comunes caminaron en la denominada Marcha de las mujeres a Versalles.
No llevaban programas de gobierno ni estrategias electorales.
Llevaban picos, cuchillos y cacerolas.
Llevaban hambre.
Llevaban coraje.
Estaban interviniendo en la conformación del poder. Sin saber la trascendencia de su acto, estaban diciendo algo profundamente político: la igualdad no podía ser parcial.
Ese mismo espíritu llevó a Olympe de Gouges a redactar la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. No pidió permiso.
No esperó condiciones.
Simplemente extendió la lógica de la Revolución hasta sus últimas consecuencias. Y esa coherencia le costó la vida.
Fue guillotina durante esa misma Revolución que proclamaba igualdad y por quienes se decían libertarios.
Ahí aparece la dimensión más profunda del problema. La igualdad no solo incomoda al poder: lo obliga a redefinirse. Y cada redefinición implica resistencias.
Algunos pensadores, como Friedrich Engels, sostuvieron que la incorporación de las mujeres a la vida pública respondía a transformaciones económicas; que el sistema necesitaba ampliar su base productiva. En esa línea, Clara Zetkin y Alexandra Kollontai vincularon la emancipación femenina con la lucha de clases, mientras que autoras como Silvia Federici recordaron que el capitalismo reorganizó el trabajo y el tiempo de las mujeres. Desde esta perspectiva, la igualdad aparece como una necesidad estructural.
Pero incluso si esa lectura es correcta, deja intacta una pregunta: ¿por qué, si el sistema necesitaba trabajadoras, las mujeres exigieron también ciudadanía?
Ahí entran otras voces. Mary Wollstonecraft defendió la educación como base de la ciudadanía. Más tarde, Simone de Beauvoir, Betty Friedan y Judith Butler ampliaron la discusión hacia la construcción cultural del poder y del género. Aquí la igualdad no es funcional: es una conquista.
Y es ahí donde la reflexión se vuelve contemporánea. Porque toda arquitectura del poder define quién entra, quién decide y quién observa desde afuera.
Durante siglos, las mujeres estuvieron en ese afuera. No porque no existieran, sino porque no estaban previstas en el diseño institucional.
Sin embargo, cada avance —el voto, la representación, las cuotas, la paridad— ha sido, en el fondo, una reforma estructural. No solo se agregan nombres femeninos a las listas; se modifica la lógica de distribución del poder.
La presencia cambia la conversación.
La conversación cambia las prioridades.
Y las prioridades terminan alterando el equilibrio político.
Quizá por eso el feminismo incomoda: no porque busque privilegios, sino porque cuestiona la estructura. Pregunta quién diseñó el edificio y quién quedó fuera del plano.
Esa tensión no pertenece solo al pasado.
Este marzo, en Puebla, las calles, los foros y los espacios públicos volvieron a llenarse de voces. No se trata únicamente de conmemoraciones —nunca de festejos—, sino de memoria política.
Cada consigna recuerda que la igualdad ha tenido costos y resistencias. Como en tiempos de la Revolución Francesa, cuando extender la lógica de la libertad —como hizo Olympe de Gouges— implicaba desafiar la estructura misma del poder.
Y sí, el sistema necesitaba trabajadoras. Pero las mujeres exigieron ser ciudadanas.
La economía abrió una puerta. Pero fueron ellas quienes decidieron cruzarla y quedarse.
Desde aquellas mujeres en Versalles hasta las discusiones actuales sobre paridad, hay una misma idea latiendo: la arquitectura del poder nunca es definitiva. Se rediseña cada vez que quienes estaban fuera deciden entrar.
Y cuando eso ocurre, la política deja de ser un edificio cerrado y se convierte, por fin, en un espacio común.





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