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“Rosy Huerta: la mujer que encontró en el color una forma de agradecer a la vida”.

  • hace 12 horas
  • 2 min de lectura

Linda Zavala

Hay historias que nacen en silencio, entre hojas de papel, lápices de colores y castillos imaginados con cartón. La de Rosa Elena Huerta Rodríguez, conocida artísticamente como Rosy Huerta, comenzó así: con una niña que dibujaba reinas, príncipes y princesas sin saber que, con el paso de los años, esa sensibilidad se convertiría en una manera profunda de mirar el mundo.

Nacida en la Ciudad de México el 31 de agosto de 1969, Rosy Huerta lleva en su memoria una geografía hecha de afectos. Aunque vio la luz en la capital del país, se reconoce desde el corazón como poblana: “Aunque nací en la CDMX, mi sangre es poblana, porque mis padres son de la Sierra Norte de Puebla”, afirma. Esa raíz, sembrada en la historia familiar, acompaña su obra y su forma de entender la vida.

Su camino ha estado marcado por distintos paisajes. Vivió en Zacapoaxtla durante su primera infancia, después en Tehuacán, más tarde en la ciudad de Puebla y, por algunos años, en Oaxaca. Desde 2009 radica nuevamente en Puebla, ciudad que ha vuelto a ser casa, punto de partida y espacio de creación.

En cada etapa, el dibujo y la pintura permanecieron como una presencia constante. Mientras la vida avanzaba entre estudios, mudanzas y nuevas responsabilidades, Rosy conservó esa necesidad íntima de expresarse a través de la línea y el color. Estudió Ciencias de la Comunicación de manera trunca y cursó una carrera técnica en Diseño, experiencias que fortalecieron su mirada estética y su relación con las formas visuales.

“Mi pasión por el dibujo y la pintura siempre han sido parte de mi esencia”, comparte. Para ella, pintar no es sólo producir una imagen: es proyectar sentimientos, nombrar emociones y devolverle a la vida, en forma de arte, algo de lo que ha recibido.

Desde 2024, los talleres artísticos de la Casa de la Cultura de la ciudad de Puebla han sido parte importante de su desarrollo. Ahí, el aprendizaje se vuelve encuentro; y la exposición de obras de los alumnos permite que el arte respire como una experiencia viva, cercana y compartida.

Entre sus piezas recientes se encuentran El vuelo del color, realizada en técnica de gis pastel en 2025; El sueño de una bailarina, elaborada en grafito ese mismo año; y El color de la alegría, obra en gis pastel de 2026. Los títulos parecen hablar de una artista que no sólo pinta lo que observa, sino también aquello que desea preservar: el movimiento, la ilusión, la alegría y la libertad interior.

Rosy Huerta pertenece a esa estirpe de creadoras que convierten la memoria en trazo. Su obra nace de una sensibilidad que ha sabido resistir al tiempo y acompañarla desde la niñez hasta la madurez. En sus colores hay gratitud; en sus líneas, una forma de permanencia. Y en cada obra, una certeza: la creatividad, como descubrió de niña entre castillos de papel, no tiene límites.

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